5 Mujeres en el Fornos

ALGUNAS PINTURAS DE MANUEL JULAR ACOMPAÑADAS CON TEXTOS DE V10 Y ELOISA OTERO.

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Exposición Fornos:
Regresa Manuel Jular este mes de junio a las paredes del Fornos con una nueva miniexposición, esta vez figurativa, en la que muestra cinco pinturas digitalizadas, realizadas en su Mac. En esta ocasión Jular ha decidido retratar a cinco mujeres un tanto antiguas, pero tremendamente significativas, apoyando cada retrato con algunas de las frases que ellas hicieron célebres.
Las cinco tienen en común el ser escritoras, creadoras, pioneras, independientes, peleonas, indómitas, tenaces, inteligentes, progresistas, avanzadas, apasionadas, idealistas, visionarias, feministas…. y éticas. Cada una de ellas luchó en cuerpo y alma por una vida mejor. “Cinco paisanas. Cinco rojas”, dice Jular. ¿Por qué ellas, y no otras? Como Jular me pidió que escribiera algo gracioso sobre estas cinco mujeres, y la verdad es que no se me ocurría nada realmente “gracioso”, decidí recurrir al clown de la familia (el poeta y común amigo Vm10) en busca de ideas. El resultado fueron estos ripios, salidos de su pluma: “Sin ánimo de ser rijoso, / díjole el tintoreto a su musa: / ¿Por qué me rugen las mujeres? / Y contestole ella en un sístole: / Manolo, vas a echar a perder / la paleta con tanta roja. / ¿Roja? Mírala a Teresa tras la reja. / Flora, Clara, Concha y la Bazán / ahí van ellas sin desmán. / Y yo no me rajo, ¡qué carajo! / Tráeme un botecito de sangre / que las voy a retratar.” De Teresa de Jesús (1515-1582) el pintor destaca su defensa de la cultura y cómo siempre daba hostias a los curas: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”. “De devociones absurdas y santos amargados, líbranos, Señor”. Sin embargo su frase “No me vendo, es el único lujo de los pobres” no le sirvió de mucho una vez que exhaló su último aliento. La mística carmelita abulense ostenta, entre otros, el título de patrona de los escritores españoles, y como curiosidad hay que decir que su cuerpo, hecho cachitos, se encuentra repartido en forma de reliquias por toda la cristiandad (e incluso que una de sus manos, la derecha, se la apropió el dictador Francisco Franco, quien la retuvo en su poder hasta que murió).
La segunda mujer, en orden cronológico, es Flora Tristán (1803-1844), cuya corta vida sin duda dio para mucho. “Dos cosas admiro: la inteligencia de las bestias, y la bestialidad de los hombres”, escribió la fundadora del feminismo moderno y abuela del descerebrado pintor Paul Gauguin, ambos protagonistas de la novela histórica ‘El paraíso en la otra esquina’, de Mario Vargas Llosa. Aunque nació en París, Tristán tenía ascendencia peruana y vasca, y además de viajar y sufrir la pobreza en sus carnes, fue la primera mujer que habló y escribió sobre el socialismo y la lucha de los proletarios, defendiendo la emancipación de la mujer y los derechos de los trabajadores.
Creadora de la consigna “Proletarios del mundo, uníos”, luchó también en contra de la pena de muerte.
Un poco más tarde llegó al mundo la gallega Concepción Arenal (1820-1893), y con ella nació el feminismo en España, un feminismo católico y con voluntad social: “Colectividad que no sabe pensar, no puede vivir”. “Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”. “La injusticia, siempre mala, es horrible ejercida contra un desdichado”. En su juventud, Concepción se vestía de hombre para asistir de oyente a las clases de Derecho en la Universidad, y con ese mismo atuendo acudía a tertulias políticas y literarias. De los hombres escribió que “tienen inclinaciones de sultán, reminiscencias de salvaje y pretensiones de sacerdote”. Fue la primera española que obtuvo el título de visitadora oficial de cárceles de mujeres, y denunció el sufrimiento en los presidios y en los manicomios. “Odia el delito y compadece al delincuente”, escribió.
A mediados del siglo XIX nació Emilia Pardo Bazán (1851- 1921). Hija de un rico conde gallego, a diferencia de sus predecesoras nunca sufrió penurias económicas, y su rebeldía quizá surgió de su fascinación por la revolución francesa. “No hay palanca más poderosa que una creencia para mover las multitudes humanas; no en vano se dice que la religión liga y aprieta a los hombres”. Le encantaba leer y tuvo instructores privados, pero se negó en redondo a ese ritual de la educación femenina que imponía recibir clases de música y de piano. Escribió su primera novela a los 13 años, se casó a los 17, viajó por toda Europa y aprendió idiomas. A los 32 años publicó La cuestión palpitante, un libro sobre Émile Zola y la novela experimental que causó un gran escándalo. Su marido, horrorizado, le exigió que cesara de escribir y que se retractara públicamente. Entonces ella decidió separarse de su marido. Tuvo muchos amantes (entre ellos Benito Pérez Galdós) y escribió mucho, muchísimo. Y nunca dejó de denunciar la desigualdad educativa entre el hombre y la mujer.

Clara Campoamor (1888-1972), más cercana en el tiempo, representa un ideario político republicano, liberal, laico y democrático. “República, república siempre, la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos”. Aunque fue elegida diputada en 1931, cabe recordar que en aquel entonces las mujeres podían ser elegidas para cargos públicos, pero no podían votar. Ella luchó eficazmente para establecer la no discriminación por razón de sexo, la igualdad jurídica de los hijos e hijas habidos dentro y fuera del matrimonio, el divorcio y el sufragio universal. Al estallar la guerra civil se exilió y ya no pudo regresar a España, donde estuvo acusada de pertenecer a una logia masónica. Llegados a este punto, creo que hay una razón de transmisión, una motivación en la elección de estas cinco mujeres tan antiguas y tan modernas al mismo tiempo: la gran revuelta contra el poder establecido siempre será intelectual, pero también pasional. “El instante en que un sentimiento penetra el cuerpo es política. Esta caricia es política”. Así arranca un poema de Adrienne Rich que otra pensadora, María José Sánchez Leyva, ha utilizado para reivindicar la emoción como impulso fundamental del acto ético, como metáfora del amor y modo de enfrentar la ética postmoderna que redescubre al otro. Ética, política, estética.

Como dice Antonio Gamoneda, “no existe el destino como algo programado; la biografía de una persona se convierte en destino a través de una conducta y de una conciencia”. Las cinco mujeres retratadas por Jular evidencian eso mismo. Y siguen siendo ejemplo de conducta y ética, de política y estética, y de cómo el pensamiento, junto a la acción y la pasión, pueden cambiar, si no el mundo, sí al menos nuestro propio destino.
Georgina Arenas

Eloísa Otero
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Manuel Jular

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